Este libro se encontró en mi lista de "Las mejores lecturas de 2014" No sé si fue debido a mi fascinación por Rusia, por el periodo de la Guerra Fría, recuerdo con cierta nostalgia, a la vez producto de la inocencia infantil y de ciertas referencias, como la animación soviética a la que fui expuesto, contemplar con ojos abiertos el espacio que ocupaba la U.R.S.S. en el mapa del mundo. Imaginaba a "El erizo en la niebla" por los bosques rusos, a Cheburashka, y al cocodrilo Gena cantando "Vagón azul", personajes que siempre me simpatizaron más que los producidos por la factoría Disney.
¿Qué queda de todo aquello? Nada. O poco. ¿Quedan resquicios en algunos lugares? La bielorrusa Svetlana Alexievitch, magnetófono, cuaderno y bolígrafo en mano se decide a descubrirlo por ella misma.
Las casi 600 páginas que componen el libro recogen una serie de entrevistas a personajes que se muestran escépticos sobre la existencia del Homo Sovieticus, un híbrido que vive entre Oriente y Occidente y cuya realidad se aboca al fin cuanto más dirige la vista hacia el Oeste.
En este compendio de entrevistas encontramos todo tipo de opiniones, las diferencias entre la mentalidad del medio rural frente al urbano, la superficialidad del consumo que los que aún guardan los viejos valores no llegan a entender. ¿Eran felices bajo el yugo de Stalin o quizás fuera la simplicidad de la vida en esos años la fuente candente de felicidad? Las respuestas son tan contradictorias como vehementes. Los jóvenes no quieren oír hablar del pasado y de las desgracias, de la pobreza, la juventud moscovita se resarce en los centros comerciales comprando ropa de marca y gadgets de tecnología punta mientras que en la población de más edad, los valores se van perdiendo y están seguros de que conforman la última generación, las que se llevará eso valores a la tumba.
También hay quien sufrió en su propio cuerpo las barbaries cometidas por Stalin y reniega de lo soviético, con un dolor enquistado en el alma que parece recrudecerse al comprobar que el anhelado cambio no era más que polvo en los ojos.
El Авось ruso, ese sentimiento nacional que deposita el destino en la providencia, entre la confianza ciega, el optimismo inconsciente y la fe en la justicia poética se va diluyendo a golpe de rublos.
Alexievich no se inmiscuye en ningún momento, deposita el magnetófono en la mesa y deja hablar, escucha y anota cada punto, cada coma de los testimonios, algunos sosegados, otros enfurecidos, otros desilusionados, a la vez se siente desorientada, aún existen jóvenes que idealizan la U.R.S.S. pero no está segura de que estos nuevos valores sean equiparables a los existentes antes de la caída del muro. También hay cierta nostalgia por parte de la autora, cierto sentimiento de fraternidad con todos aquellos exsoviéticos que ahora pertenecen a otras repúblicas y que han abrazado su cultura autóctona... un pequeño homo sovietus yace latente aún dentro de ellos.
Alexievitch no se conforma con "deconstruir" el socialismo, entra en el alma del pueblo, en las pasiones, amores, tradiciones, risas y lágrimas porque, según la autora : "La historia solo se interesa en los hechos, las emociones siempre quedan al margen, no acostumbramos a dejarlos entrar en la historia y yo veo el mundo a través de los ojos de una literata, no de una experta en historia"
Y así se lee el compendio de entrevistas de Alexievitch, pura historia a través de los sentimientos.
